And I don't have to tell you it's all too beautiful

Provoca quien puede, no quien quiere, o, dicho de otra forma, se siente provocado el que busca sentirse así, el que se ofende, el que se da por aludido. El nombre de Tracey Emin siempre ha estado ligado a la polémica, pues muchos han considerado su obra excesiva, irreverente, narcisista, insultante. Y es así porque el lenguaje de Emin se balancea entre lo privado y lo público como una peonza que gira sin cesar y que jamás detiene su elíptico movimiento, porque exhibe su vida de tal manera que la acaba convirtiendo en algo que nos concierne a todos; y, yendo más allá, logra, aunque sea de forma esquiva, indirecta, puede que incluso involuntaria, que en ese exceso todos encontremos algo de nosotros mismos, de nuestras propias experiencias.
Hay una parte de la producción de Emin que expresa de forma muy abierta esa disyuntiva entre lo público y lo privado, y son las mantas bordadas a manera de collages, en las que la palabra se erige como protagonista de la obra, en principal portadora del mensaje. Frases contundentes, directas, que no dejan lugar a ningún juego de doble intencionalidad, que hablan de amor, sexo, racismo, muerte, odio; de los traumas de la artista y de los traumas de nuestra sociedad. Y el hecho de que el soporte sean colchas, colchas muy parecidas a esas de patchwork que se hacían antaño, no puede ser gratuito. No hay espacio más íntimo que aquél en el que cubrirse con ellas, y no hay nada más escandaloso que lanzar esos gritos, esas palabras desnudas al aire, como queriéndose destapar, queriendo ser vistas, debiendo ser vistas. Es un acto de provocación, sí; pero no resulta molesto, si no más bien todo lo contrario: indispensable.

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